Pontos

Jordi de Niro
3 min readJul 26, 2023

Miran al mar y nosotros miramos con ellos, desde la distancia. Poca, pero la suficiente como para observar sin que se note que lo estamos haciendo a través de los cristales de la furgoneta.

Nos encontramos en una de las innumerables colinas, si es que se le puede llamar así, donde se halla un parking poco glamuroso pero funcional, justo al lado de la iglesia Agios Charalambos. Estamos en Martinina. Acabamos de llegar con la furgoneta que hemos alquilado, una Volkswagen Caddy, cual grupo de música de gira. En el terraplén que extermina la llanura del parking, se observa la enorme montaña Profitis Ilias (la más alta de la isla) y se divisan diminutos aviones que traen turistas de forma incesante. Como nosotros hace unos pocos días. Y no, no nos llamamos viajeros. Somos turistas de cabo a rabo. Y no pasa nada, estas son las reglas del juego y las aceptamos sin vacilar.

Volvamos a la escena. Bueno, no, antes os cuento un poco el día de hoy. Esto es precioso y vale la pena. Hemos transitado por las (casi) desiertas calles de Oia, al norte de la isla de Santorini. Lo de desiertas no es irónico. Hace unos días un amigo me juró y perjuró que estas tierras eran un infierno de turismo y masificación. Turismo, sí, aunque muy moderado. Masificación, también, pero no mucho más allá de las infinitas retahílas de «Private areas» que copan las colinas de la caldera de Santorini. La mitad están vacias. Por alguna razón que desconocemos, no estamos siendo partícipes de las innumerables hordas de autobuses ni marabuntas varias. Y estamos felices, inmensamente felices, pero, ante todo, satisfechos. Solo falta Meryl Streep para que esto sea el revival perfecto de Mamma Mia! Por la tarde hemos ido a la playa de Armeni, entre bromas de ficticias e improbables invitaciones a pasar la tarde en un yate, aguas cristalinas y unas vistas de infarto. Ah, y mucha crema solar. Muchísima. Nunca demasiada.

Al fondo, dos chicos. Dos hombres. Dos personas que están tomándose fotos. Al principio intuímos una clara amistad. La intuímos porque cotilleamos. Comentamos. Lo hacemos porque acabamos de llegar a un parking en el que no hay muchos coches y la presencia de los sujetos es prominente. Apenas han sido unos instantes, pero lo suficiente para que encuentre la inspiración de entre las islas del Egeo. Compagino el turismo con la escritura, las palabras sueltas de Pedro Olalla, y el calor a cuarenta grados.

Volvamos a ellos. A los chicos. A los dos hombres. Esa (presunta) relación rápido pasa a ser una (presunta) relación con todas sus letras. O algunas de ellas. Da igual. Las muestras de cariño son evidentes, así como los gestos de aprecio. Se están tomando fotos. La isla de Anafi al fondo. Visten ambos de colores muy parecidos. Él, polo verde kaki y bermudas beige tipo cargo; él, el otro él, verde militar y pantalones largos de lino beige. Ambos con barba. Ambos con gafas. Y la gama cromática no puede ser más perfecta.

Se suceden los gestos de cariño y observamos, cada vez menos, mientras bajamos de la furgoneta. Sin ánimo de obsesionarme ni meterme donde no me llaman, una sensación de satisfacción me invade. No solo por ver esa bonita escena, sino por todo en general. El día ha sido redondo, y esta escena una pequeña esperanza, probablemente idealizada por la sensación de calma estando de vacaciones. Todo son elucubraciones, posiblemente tan ciertas como que el agua moja. Y ahí se quedarán. Pero estamos contentos. Mucho.

Os contaré algo más. No solo es felicidad, escena bonita y sensación de satisfacción lo que siento ahora mismo. Creo que es envidia. Sí. Es eso. Envidia de ver dos personas ahí, admirando la inmensidad del mar, ante miles de tejados blancos, capillas con tonalidades azul cielo y una extensa zona árida. No sé si se quieren, no sé que hay entre ellos. Nunca lo sabré. Pero me han bastado tan solo unos instantes para configurar en mi mente lo que proyectan. Y así os lo transmito.

Escribo esto ante la paciencia infinita de mis compañeros de viaje, bueno, qué narices, mis amigos. Quería ser demasiado correcto y no es el momento. La pandi. Me ha dado un ramalazo de inspiración pero debo unirme a la cena. Ya. Me espera un gyros que anhela mi crítica. Si no sabéis lo que es buscadlo por ahí.

Un instante de vida

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