Dioses y reyes

Jordi de Niro
3 min readOct 12, 2023

Camino sobre lo que un día fue la pirámide azteca por excelencia de la ciudad de México-Tenochtitlan, capital del Imperio Mexica. Hoy es la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos de la Ciudad de México: 51 bóvedas, 74 arcos y 40 columnas componen esta colosal maravilla de la arquitectura, encargada por Hernán Cortés. Primera catedral de América. Primera entrada en Nuevo Mundo al cristianismo. Años antes, templo que veneraba a Quetzalcóatl, al lado del Templo Mayor cuyas ruinas han llegado a nuestros días. Hoy, lugar de culto cristiano en plena Plaza de la Constitución, en honor a la Constitución de Cádiz de 1812. Probablemente conozcáis esa plaza por otro nombre: el Zócalo.

No sé cómo describir el Zócalo. La Tiananmen de Latinoamérica, la Sultanahmet del antiguo Imperio Mexica, la Tahrir mexicana. Casi 47.000 metros cuadrados, la segunda plaza más grande del mundo (según Google), la primera en Hispanoamérica, capitaneada por una enorme bandera del país. Tres grandes franjas verticales: verde, blanco y rojo. En el centro, el águila, que representa a Huitzilopochtli, dios de la guerra y patrono de los mexicas. Ésta devora con su garra derecha a una serpiente, sobre el nopal, mientras emerge del islote de un lago. Aquí he descubierto que uno puede tomarse un bandera, que simboliza la identidad nacional del país: zumo de lima, tequila en el centro y sangrita (zumo de tomate con lima). Aquí todo lleva lima. Todo.

Tenochtitlan, ciudad cuyo nombre significa «lugar de la tuna de piedra». Ciudad sin precedentes en Mesoamérica. Punto de encuentro y centro espiritual de la civilización azteca. Entonces rodeada por el gran lago de Texcoco; hoy envuelta por la cuarta área metropolitana más grande del mundo, con casi 22 millones de personas. Esto nos recuerda que el agua nunca se fue. Sigue debajo, y amenaza con hundir la Ciudad de México. Se deja ver en Xochimilco, y amenaza centenares de iglesias y construcciones. Si esto no fuera poco, se le añaden los sismos y, no muy lejos, el volcán Popocatépetl. La naturaleza, bella y amenazante al mismo tiempo.

Paseo por Teotihuacan, complejo arqueológico mexica perfectamente conservado en el Estado de México, a unos cuarenta minutos del Distrito Federal. Ando por miccaotli, que en náhuatl significa «camino de los muertos», hoy conocida como Calzada de los muertos. Vía ceremonial de unión entre las Pirámides del Sol, de la Luna y el Templo de Quetzalcóatl. Lugar de conexión con el cielo. Construcciones mastodónticas en honor, entre otros, al Dios del Sol, como los incas proyectaron en Inti o los egipcios en Ra. Distintas creencias con un mismo objetivo: un enlace con lo divino, lo celestial, lo poderoso. Aquello que todo lo controla. Aquello que todo lo equilibra. Aquello en lo que podemos depositar nuestras creencias. Aquello que simboliza la fe en algo que no podemos ver.

Imperios que se asentaron sobre otros, virreinatos que gobernaron gran parte e independencias que surgieron de la lucha contra conquistadores. Lo moderno no es sino fruto de la colisión de cientos de años de historia: de Tenochtitlan al Virreinato de la Nueva España hasta la independencia de 1821. Y esto solo en lo que al México moderno se refiere. Podría escribir sobre el Virreinato de las Indias, del Perú, de Nueva Granada, del Río de la Plata… De cómo la California actual estadounidense formaba parte del Primer Imperio Mexicano, pero antes fue una aglomeración de Provincias Internas como Nueva California, Nueva Navarra o Nueva Vizcaya; o como mucho antes fue una ruta de comercia que llevaba la plata desde Zacatecas a México-Tenochtitlan…

Me han fascinado muchas cosas de este país. Pero lo que más me fascina y nunca dejará de asombrarme es el viajar a diez mil kilómetros de casa y hablar la misma lengua. Entenderse perfectamente. Entenderse como fruto del transcurso de la historia. Qué es la historia sino un vehículo de conocimiento que hay que transmitir y nunca dejar de explicar. Lo que no cambiará jamás. Lo irrebatible.

Pintura de castas, Museo Arqueológico Nacional (Ciudad de México)

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